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El Reiki como puente cultural

El Reiki se describe a menudo como una práctica curativa, una disciplina espiritual o un método para equilibrar la energía. Sin embargo, a través de la experiencia vivida y las enseñanzas de Mari Okazaki, el Reiki se revela como algo mucho más profundo: un puente cultural que conecta a los practicantes modernos con las antiguas formas japonesas de ser, percibir la naturaleza y comprender la vida misma.


Para los practicantes de Reiki en Occidente, el Reiki puede parecer en un primer momento una técnica: posiciones de las manos, símbolos, niveles y certificaciones. Pero en su contexto japonés, el Reiki es inseparable de la cultura, el idioma, la naturaleza y la cosmovisión. No es simplemente algo que uno hace, sino algo en lo que uno se convierte.


Este artículo explora el Reiki no solo como una técnica, sino como una forma de vida moldeada por la cultura japonesa, la espiritualidad sintoísta, la sanación basada en la naturaleza y una profunda aceptación de la impermanencia de la vida.


El Reiki en Japón: malentendidos y sombras culturales


En el uso japonés moderno, el kanji «Rei» (霊) se asocia a menudo con fantasmas, fenómenos psíquicos o entidades espirituales. Para muchos japoneses, el término tiene connotaciones incómodas o incluso negativas. El Reiki puede sonar misterioso, sospechoso o sectario.


Los acontecimientos históricos reforzaron esta incomodidad. A principios de la década de 1990, Japón sufrió un devastador atentado en el metro perpetrado por la secta religiosa Aum Shinrikyō. Esta tragedia dejó una profunda huella en la psique nacional e intensificó la desconfianza hacia todo lo relacionado con la energía espiritual, las prácticas manuales o las fuerzas invisibles.


Como resultado, el reiki, a pesar de sus orígenes humildes y prácticos, fue malinterpretado culturalmente en su propio país.


Sin embargo, los propios kanji cuentan una historia diferente. «Rei» también puede significar espíritu, alma o esencia sagrada, dependiendo del contexto. Combinado con «Ki» (energía), el Reiki no apunta a fantasmas o poderes psíquicos, sino a la capacidad humana de recibir bendiciones universales, encarnarlas y permitir que fluyan naturalmente hacia los demás.


Este matiz lingüístico se pierde fácilmente en la traducción.


Tres mundos de estudiantes: cómo la cultura moldea la comprensión del Reiki


1. Estudiantes occidentales

Los estudiantes angloparlantes, principalmente de Canadá y Estados Unidos, suelen abordar el Reiki como una hermosa modalidad de sanación. Les atrae su suavidad, su eficacia y sus raíces japonesas. El Reiki se acepta como algo significativo e inspirador, y a menudo se integra en prácticas de bienestar y procesos de crecimiento personal.


2. Japoneses que viven en el extranjero

Los estudiantes japoneses que viven fuera de Japón experimentan el Reiki como una reconexión. A través del Jikiden Reiki, redescubren aspectos de la cultura japonesa que no sabían que habían perdido. Las enseñanzas les resultan familiares, reconfortantes y profundamente emotivas, como volver a casa sin estar físicamente allí.


3. Japoneses que viven en Japón

Para los estudiantes japoneses que viven en Japón, el encuentro con el Jikiden Reiki suele provocar un despertar. Muchos expresan su sorpresa: «¿Cómo es que no sabía esto?». El Reiki se convierte en un recordatorio de la sabiduría cultural que se ha olvidado en la vida moderna. Para estos estudiantes, aprender Reiki es como recuperar algo esencial.


Estas diferencias no tienen que ver con una comprensión correcta o incorrecta. Revelan cómo el Reiki se adapta a las lentes culturales y por qué es importante preservar su contexto original.


La traducción como transmisión: el lenguaje da forma a la comprensión


Los conceptos japoneses a menudo no se pueden traducir directamente al inglés. Una palabra japonesa puede requerir varias frases para transmitir su significado con precisión. Para enseñar Reiki en diferentes culturas, Mari tuvo que encontrar un lenguaje que los estudiantes occidentales pudieran entender sin distorsionar la esencia de la enseñanza.


Este proceso refinó su capacidad para explicar el Reiki no solo a los estudiantes occidentales, sino también a los practicantes japoneses. Incluso cuando enseña en japonés, los estudiantes suelen comentar lo claras y accesibles que son sus explicaciones.


La traducción se convirtió en transmisión, no solo del lenguaje, sino también de la comprensión cultural.


Reiki y Shintō: una forma de vida basada en la naturaleza

En su esencia, el Reiki es inseparable del Shintō, la tradición espiritual autóctona de Japón. El sintoísmo no es una religión en el sentido occidental; no gira en torno a una doctrina, un sistema de creencias o el culto a una única deidad. Más bien, es una forma de vida en relación con la naturaleza, moldeada a lo largo de miles de años y entretejida silenciosamente en la vida cotidiana japonesa.


En el antiguo Japón, mucho antes de la existencia de la medicina moderna, la gente entendía que la salud se mantenía a través de la armonía con el mundo natural. Cuando surgía una enfermedad, no había médicos, fármacos ni herramientas de diagnóstico. En su lugar, la gente recurría a lo que era puro, estable y dador de vida: la propia naturaleza.


Si una aldea estaba cerca de un bosque, una persona enferma iba al árbol más grande y antiguo y se sentaba o se tumbaba a sus raíces, permitiendo que la presencia del árbol restableciera el equilibrio. Si la aldea estaba cerca del océano, descansaban junto a una gran roca en la orilla. Cerca de ríos o cascadas, se sentaban donde el agua fluía continuamente. La curación no era algo impuesto, sino algo recibido.


La naturaleza se entendía como una fuente de vitalidad, claridad y equilibrio. Los árboles, las rocas, el agua, el viento... nada de esto se consideraba separado de la vida humana. Eran expresiones de la misma fuerza vital que se movía a través del cuerpo humano.


El reiki surge directamente de esta comprensión.


En lugar de exigir que la persona enferma salga a la naturaleza, el reiki permite al practicante llevar la naturaleza a la persona. A través de la práctica del Reiki, el practicante se convierte en un gran árbol, una roca sólida o un río que fluye: tranquilo, estable y presente. El practicante no sana en el sentido de «arreglar» o «curar». En cambio, proporciona la misma energía pura y natural que la naturaleza siempre ha ofrecido.


De esta manera, el Reiki no es un sistema de intervención, sino de apoyo. El cuerpo del receptor se cura desde dentro, tal y como lo haría cuando descansa en la naturaleza. El Reiki simplemente crea las condiciones para que se restablezca el equilibrio.


Esta perspectiva explica por qué, en la concepción tradicional del Reiki, los practicantes no se refieren a sí mismos como «sanadores». La sanación no es algo que se le hace a alguien, sino algo que ocurre dentro de esa persona. El papel del practicante es estar presente, conectado con la tierra y despejado, como la propia naturaleza.


Protección, purificación y la ilusión del miedo

Comprender el Reiki a través de sus raíces sintoístas también replantea muchas preocupaciones modernas en torno a su práctica. La naturaleza no juzga, no se resiste ni teme lo que le llega.


  • Un árbol no se preocupa por absorber la negatividad.

  • Una roca no necesita protegerse.

  • El agua fluye continuamente, renovándose sin esfuerzo.


Del mismo modo, cuando los practicantes permanecen conectados con el flujo natural, el Reiki mismo se convierte en una fuente de conexión y protección. El miedo surge solo cuando la atención se aleja de la presencia y se dirige hacia el control.


El Reiki es una extensión de esta práctica. Cuando los practicantes confían en el flujo, no hay nada que bloquear, proteger o limpiar.


En lugar de que la persona enferma vaya a la naturaleza, el practicante de Reiki lleva la naturaleza a la persona.


  • El practicante se convierte en el árbol.

  • El practicante se convierte en la roca.

  • El practicante se convierte en el canal.


Esta comprensión disuelve la idea del practicante como «sanador». La sanación proviene del interior del receptor. El Reiki simplemente proporciona alimento —nutrición energética— que el cuerpo utiliza donde lo necesita.


Práctica diaria: la tarea de toda la vida.


Antes de dormir, coloca las manos sobre tu cuerpo.


Eso es todo.


El auto-Reiki mantiene el canal energético, favorece la prevención y fortalece la receptividad. Para quienes viven solos, se convierte en un acto diario de nutrición y cuidado.


La práctica se basa en la constancia, no en la complejidad.


El Reiki como nutrición energética

El Reiki no es una forma de poder, fuerza o habilidad personal, sino un alimento, algo que el cuerpo sabe utilizar de forma natural.


Cuando un practicante coloca las manos sobre el cuerpo, no envía energía ni dirige la curación. En cambio, se convierte en un conducto, un canal claro entre la energía pura de la naturaleza y el receptor. A través de esta conexión, la energía natural fluye hacia el cuerpo, de forma muy similar a como los nutrientes entran en un sistema vivo.


El cuerpo es inteligente. Reconoce lo que ha llegado y determina cómo debe utilizarse esa energía: si para apoyar un órgano, restablecer el equilibrio, ayudar a la recuperación o simplemente mantener la salud general. La curación no proviene de la intención o el esfuerzo del practicante, sino de la propia sabiduría del cuerpo, que responde a lo que recibe.


Mari relaciona esta comprensión con un antiguo concepto japonés conocido como kiketsuryū, un término que expresa cómo se sostiene la vida:


  • Ki: energía.

  • Ketsu: sangre.

  • Ryū: flujo.


Según la concepción tradicional japonesa, tanto el flujo sanguíneo como el flujo de energía son esenciales para la vida. El flujo sanguíneo es visible y está respaldado por la ciencia moderna, por lo que es ampliamente aceptado. El flujo de energía, aunque invisible, se ha comprendido y respetado culturalmente durante siglos.


El reiki actúa apoyando este flujo invisible, de forma silenciosa, natural y sin fuerza, permitiendo que el cuerpo recupere el equilibrio desde dentro.


Reiki, enfermedad y transformación

A lo largo de muchos años de enseñanza y práctica, Mari Okazaki ha sido testigo de una amplia gama de transformaciones en personas que han aprendido y practicado Reiki. Estos cambios han incluido mejoras en afecciones crónicas y autoinmunes, una visión más clara, la recuperación del movimiento y la renovación de la fuerza física. Sin embargo, aunque estos resultados son significativos, Mari destaca que la mejora física no es la transformación más importante que ofrece el Reiki.


Lo que más le conmueve es la forma en que el Reiki reconecta a las personas con la vida misma.


En una experiencia, un hombre que padecía una rara enfermedad neurológica autoinmune acudió a aprender Reiki con su esposa. La enfermedad interfería en la comunicación entre su cerebro y sus músculos, lo que afectaba a su visión, coordinación y capacidad para tragar. Con el tiempo, su mundo se había vuelto más pequeño. Dejó de jugar al tenis, le costaba realizar las actividades diarias y se sentía cada vez más desanimado y retraído.


Durante el curso de Reiki, tanto él como su esposa comenzaron a practicar Reiki de inmediato, ofreciéndose tratamientos el uno al otro. Al tercer día de clase, él notó que su visión había comenzado a mejorar. En las semanas siguientes, su esposa compartió que él había vuelto a jugar al tenis, a cortar leña y a pasar tiempo al aire libre, a menudo permaneciendo fuera durante largos períodos porque se sentía vivo y comprometido de nuevo.


Para Mari, la importancia de esta experiencia no solo radicaba en la mejora de los síntomas, sino en el retorno a la participación en la vida. El Reiki no solo alivió una dolencia, sino que ayudó a recuperar la confianza, la motivación y la alegría. El hombre ya no se definía por su enfermedad. Volvía a moverse, a jugar y a vivir.


Mari reflexiona que es aquí donde a menudo se produce la transformación más profunda del Reiki. Incluso cuando las condiciones físicas permanecen, el Reiki puede cambiar la relación de una persona con su cuerpo, sus circunstancias y su sentido del yo. Ayuda a las personas a pasar del desánimo al compromiso, del aislamiento a la conexión.


De esta manera, el Reiki se convierte no solo en una respuesta a la enfermedad, sino en un apoyo para la vida misma.


Reiki y la muerte: el nacimiento del alma

Quizás la enseñanza más profunda que ofrece Mari Okazaki se encuentra en su comprensión del papel del Reiki al final de la vida. A través de pérdidas personales, el voluntariado en hospicios y años de práctica, ha llegado a ver la muerte no como un fracaso de la curación, sino como una transición natural, que merece el mismo cuidado, presencia y reverencia que el nacimiento.


Mari suele hablar de la muerte como el nacimiento del alma. Al igual que el parto marca la llegada del cuerpo físico a este mundo, la muerte marca el paso del alma a su siguiente fase. Desde esta perspectiva, la muerte no es algo a lo que hay que resistirse o corregir, sino algo que hay que acompañar con delicadeza y respeto.


Su tiempo como voluntaria en cuidados paliativos moldeó profundamente esta comprensión. Al sentarse con personas cuyas vidas llegaban a su fin, reconoció que sus necesidades eran muy diferentes a las de alguien que busca recuperarse. Al final de la vida, las personas no buscan curarse. Buscan paz, tranquilidad y permiso para dejar ir.


En estos momentos, el Reiki revela su naturaleza más esencial. No hay ningún objetivo que alcanzar, ningún síntoma que mejorar, ningún resultado que esperar. El papel del practicante es simplemente estar presente: con las manos descansando suavemente, el corazón abierto y la mente en calma. Cuando las expectativas se disuelven, el Reiki fluye sin obstáculos.


Mari describe este estado como ser, en lugar de hacer. El practicante no intenta cambiar nada. Simplemente comparte el espacio, permitiendo que la paz surja de forma natural. En esta presencia tranquila, a menudo ocurre algo profundo: el miedo se suaviza, la respiración se profundiza y se instala una sensación de calma.


De esta manera, el Reiki se convierte en un compañero durante la última transición de la vida, ofreciendo dignidad, consuelo y paz. Recuerda tanto al practicante como al receptor que la sanación no siempre consiste en prolongar la vida, sino en honrarla plenamente, hasta el final.


La gratitud como sanación final

A lo largo de una vida marcada por profundas pérdidas y una intensa búsqueda espiritual, Mari Okazaki ha llegado a reconocer tres formas distintas en que las personas abordan la muerte.


Algunos mueren sin quererlo, con sus vidas truncadas antes de estar preparados para partir.

Otros mueren porque ya no desean vivir, abrumados por el sufrimiento o la desesperación.

Y luego están aquellos que llegan al final de la vida con una tranquila sensación de gratitud, agradecidos no porque la vida haya sido perfecta, sino porque la han vivido plenamente.

La comprensión de Mari de estos tres caminos no es teórica. Su padre murió repentinamente en un accidente médico, dejando atrás a sus hijos pequeños y un dolor sin respuesta. Más tarde, su madre se suicidó, con una relación muy diferente con la vida y la muerte. Y también ha acompañado a personas que, a pesar de la enfermedad o las dificultades, fueron capaces de mirar atrás y recordar sus vidas con agradecimiento y paz.


Mari cree que es este tercer camino el que el Reiki puede ayudar a cultivar.


El Reiki no promete una vida libre de dolor, enfermedad o pérdida. En cambio, ayuda suavemente a las personas a mantenerse conectadas consigo mismas en todas las etapas de la vida. Al fomentar la presencia en lugar de la resistencia, el Reiki ayuda a suavizar el miedo, liberar la amargura y crear espacio para la aceptación. Con el tiempo, este cambio interior puede transformar la forma en que se experimenta la vida y cómo se recuerda.


En opinión de Mari, esta es la curación final del Reiki: no la prolongación de la vida a toda costa, sino la capacidad de llegar a su fin y decir: «Estoy agradecido por la vida que he vivido». Desde ese lugar, la transición puede desarrollarse suavemente, con paz en lugar de miedo.


Conclusión: el Reiki como forma de ser

El Reiki no es simplemente una curación con las manos.

No son solo símbolos.

No son niveles ni títulos.


El Reiki es recuerdo.


Es recordar la naturaleza.

Recordar la humildad.

Recordar la presencia.

Recordar la gratitud.


A través de la vida y las enseñanzas de Mari Okazaki, el Reiki se revela como una forma de ser tranquila y poderosa, arraigada en Japón, ofrecida al mundo y viva dondequiera que las manos se encuentren con sinceridad.



Mari Okazaki



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