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El poder hipnótico de la Diosa Coatlicue



La diosa azteca Coatlicue -la de la falda de serpiente- se encuentra en el umbral de la destrucción y el renacimiento, una fuerza hipnótica que te atrae hacia el abismo de la transformación. Es la madre primigenia, el útero y la tumba, la devoradora y la dadora de vida. Estar ante ella es renunciar a la ilusión del yo mezquino y despertar al poder sagrado de la mente del jaguar, la conciencia luminosa que ve a través de los velos de la realidad.


Coatlicue no te adormece con una nana, como hacían las deidades de nuestra infancia, sino porque te rompe y te despierta del sueño. Su imagen -una falda de serpientes retorcidas, un collar de manos y corazones cortados y garras de águila que se hunden en la tierra- no invita a la contemplación tranquila. Por el contrario, exige que nos adentremos en el vórtice de nuestros propios miedos, que nos despojemos de la piel de quienes fuimos, despojados de la ilusión y dispuestos a recorrer el camino del chamán.


En las tradiciones andinas se habla de la gran serpiente, Amaru, el ser sagrado que nos enseña a mudar la piel como la serpiente la muda. Este mismo poder atraviesa a Coatlicue, cuya presencia exige que renunciemos a todas las falsas identidades. Encarna los ciclos de la vida, la muerte y el renacimiento, y nos lleva a una meditación en la que la mente puede disolverse en la conciencia pura. Resistirse a ella es resistirse a nuestra propia transformación; rendirse es desentrañar los antiguos códigos del universo escritos en nuestros huesos.


¿Qué clase de diosa no popular es ésta?


El poder de Coatlicue procede de los recovecos milenarios del inconsciente colectivo. La tememos porque representa la muerte de todo lo que conocemos. Y, sin embargo, en el momento de esa disolución, descubrimos algo extraordinario: a nosotros mismos, despojados de toda pretensión, vibrando con la energía bruta de la vida. Los videntes de todas las épocas han buscado este momento de aniquilación, sabiendo que a través de él renacen como guerreros luminosos, espíritus de jaguar que caminan entre los mundos, sin muerte.


Su atracción hipnótica es como el momento en que nos deslizamos de la conciencia ordinaria al reino oceánico del sueño. Como los ayahuasqueros del Amazonas, que beben la liana de los muertos para disolver el ego, Coatlicue nos invita a beber de la copa del olvido y entrar en la conciencia cósmica.


Los antiguos pueblos de Mesoamérica no temían a Coatlicue; la honraban, sabiendo que abrazarla era entrar en el pleno poder de su ser. Hoy, en un mundo separado de sus raíces, en una era que se resiste a la transformación, su presencia es más vital que nunca.


Cuando estás ante Coatlicue, entras en el sueño del chamán, ves con los ojos del águila y el jaguar, y das un paso más allá del miedo hacia el reino de la verdadera visión. No es una diosa a la que adorar desde la distancia, sino una fuerza a la que invocar, encarnar y, en última instancia, con la que fundirse. En su abrazo, nos desgarramos, sí, pero también nos completamos: ya no estamos atados por el drama del pasado, ¡sino que despertamos a la luminosa verdad de lo que siempre hemos sido!


Alberto Villoldo - The Four Winds

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